Cést fini
El pasado 16 de mayo Zidane disputó su último partido con el Real Madrid. La derrota por 4 a 3 frente al Sevilla dejó prácticamente en anécdota este hecho pese a que el francés nos dejara su último guiño en forma de gol. Y es que la despedida de verdad había sido antes.
Nadie quería perderse aquel partido. El Villareal fue el rival del Real Madrid en uno de los encuentros más intrascendentes pero a la vez con mayor carga emotiva de los últimos tiempos en el Bernabéu. Aquel día la afición blanca salió del letargo en el que lleva sumida los dos últimos años por falta de resultados y despertó para decir adiós a uno de los jugadores que más admiración ha despertado entre el aficionado madridista.
Cuando 80.000 personas desbordan la capacidad de un estadio suele ser para hacer de este una caldera en un partido de máxima trascendencia. Sin embargo ese día la afición no tenía ganas de fiesta. Y la causa no fue la desastrosa temporada a todos los niveles del Real Madrid, sino la sensación, dolorosamente real, de que estábamos ante los últimos coletazos de Zidane en el Santiago Bernabéu.
¿Pero por qué tanta admiración por este futbolista? ¿Por qué elevar a la categoría de lo excesivo algo tan natural y previsible como es la retirada de un jugador de fútbol? Por encima de todo está lo que ha hecho en el terreno de juego. Cualquier aficionado al fútbol puede recordar con facilidad varias decenas de jugadas maravillosas que a la mañana siguiente los niños trataban de imitar en los patios de los colegios. Pero además ha tenido la estrella de regalarnos esos jugadas en momentos clave. Uno, antes de descubrir que lo mejor es buscar alternativas a lo de ser futbolista de mayor, siempre soñaba con llegar a una gran final, ese partido que medio mundo está viendo, y marcar un gol que los televisores del planeta repitan durante los restos. No sé si Zidane soñaba de pequeño con esas cosas, pero las logró. Dos goles de cabeza en la final de la Copa del Mundo de 1998 dieron el primer y único entorchado mundial a su país, Francia, lo máximo para un futbolista.

Lo máximo para un futbolista, pero no para Zidane. La locura de los 70 millones de euros pagados por su traspaso a la Juventus quedaron en poco cuando e l5 de mayo de 2002 Zizou trazó su mayor obra de arte. En aquel partido contra el Bayer Leverkusen, un momento de genialidad, de rebeldía ante todos los que dudaban de su capacidad de ganar una final de la Copa de Europa tras sus dos fracasos anteriores, Zidane hizo que en vez de gritar ese ¡gol! que tan espontáneo sale en un momento así, me echase las manos a la cabeza. No podía creer lo que acababa de ver. Una bolea perfecta, un pelotazo caído del cielo que recogió como parecía imposible que nadie pudiese hacer. Con un escorzo imposible Zidane marcó un gol que encumbró hasta el infinito a un jugador ya de por sí grandioso.

Pero la fascinación por Zidane no puede venir solo de un momento así. Su nivel máximo de fútbol en el Real Madrid no ha sido excesivamente duradero, y nunca tuvo gestos de cara a la galería para llevarse de forma fácil a la afición del Bernabéu. Todo ese amor que le profesó la grada el día de su despedida contra el Villareal viene de un magnetismo especial que desprende. Su forma de moverse, de acomodar el cuerpo para hacer cualquier movimiento con el balón de una forma plásticamente perfecta, despertaba más admiración que alboroto entre los seguidores. Hubo un momento en que se decía que la grada del Bernabéu era como la del teatro, callada, que parecía estar viendo una obra más que un partido de fútbol.

Pero la función se ha terminado. Merece la pena guardar las crónicas de Segurola en El País, Ortego para ABC o Relaño para el diario AS del día que el Bernabéu hizo llorar a un jugador que parecía inmutable. Merece la pena guardaras y sacarlas dentro de varios años para recordar cómo fue la despedida de aquel calvo marsellés del que tanto hablaremos los abueletes de las próximas décadas. Con la misma timidez que llegó se fue. Incluso Raúl le tuvo que dar un último empujón, literal, para que todos pudiéramos decirle “hasta siempre”.
